sábado, 11 de abril de 2015

Contando los feijões



En estos días de Cumbre de las Américas y palabras dichas en la cara del presidente de Estados Unidos, en el Congreso Brasileño se está tratando la iniciativa PL 4330/04, conocida como ley de tercerización.

En pocas palabras consiste en la ampliación de las prerrogativas empresarias en ese país para tercerizar no sólo las actividades secundarias al objeto productivo y comercial de una firma sino extenderlas, si se promulga exitosamente en el Senado la media sanción que ya tiene en Diputados, a las actividades inherentes o principales.

Dicho aún más a tierra, en Brasil como en Argentina es posible que actividades como la seguridad, la higiene o la auditoría sean llevadas a cabo por terceros, quedando dichos trabajadores fuera del convenio colectivo que cubre a los sindicalizados en las operaciones productivas principales. De ponerse en práctica esta “lei de terceirizacao” en el hermano país, también podrán contratarse y mantenerse fuera de convenio a trabajadores para las actividades principales.

Sí, pensamos lo mismo: "Qué noventoso!"

Después de la experiencia neoliberal local no necesitamos analizar en profundidad el sesgo y el objetivo de la iniciativa, ni mucho menos averiguar quienes son los potenciales ganadores tras aprobarse esta regulación.

Pero no es objetivo de esta entrada analizar el día a día político brasileño y este proyecto de  ley en particular, sino poner en evidencia el curioso curso que vienen tomando los acontecimientos en el país hermano, en particular considerando que no hace cuatro meses la presidente Dilma Rouseff asumía su segundo mandato y cuarto período consecutivo por parte del único partido nacional y popular brasileño con verdadera vocación de poder.

Además del tratamiento (hasta acá exitoso a medias, le resta ser tratado en Senadores) de una ley neoliberal, las encuestadoras de los medios dominantes (Datafolha pertenece al diario Folha, acérrimo antilulista) indican que la imagen positiva de Dilma ha caído hasta un inestable piso del 15%. De la misma manera que no le creemos a las encuestas pagadas por el candidato, tampoco le creemos al guarismo presentado por Folha, pero no podemos dejar de coincidir que la gestión de Dilma atraviesa su  peor momento.

“O que aconteceu” para que las cosas en Brasil hayan tomado este cariz?

Podríamos recurrir a un largo e intenso análisis que sin duda debería incluir tópicos tales como las marchas opositoras realizadas en el invierno del 2013, el movimiento Passe Livre, la puesta en escena judicial y mediática del proceso conocido como Mensalao, que encarceló a encumbrados cuadros políticos del gabinete de Lula sin que a la compañera –mejor dicho camarada- Dilma mostrara una gota de empatía por los afectados, los pobres resultados electorales de fines del año pasado con los que llegó al poder, el escándalo de corrupción en Petrobras popularizado como LavaJato, hasta el nombramiento de un ministro de economía ultraortodoxo (si siguiéramos con esta enumeración hasta podríamos incluir el inesperado resultado futbolístico del mundial del año pasado).

Pero tal análisis excedería las pretensiones de esta nota y dada la ramificación y complejidad de tema, hasta podría convertirse en árbol que no deja ver el bosque.

Nuestro breve e improbable diagnóstico hace foco en un asunto mucho más sencillo, ya que la caracterización del liderazgo ambiguo y difuso de Dilma se nos presenta evidente.

Ni ella ni el resto de la cúpula que conduce actualmente los destinos del Estado Brasileño ven con buenos ojos lo que conocemos como populismo.

En tal sentido conservan una mirada centralista y europeizada, con fuerte arraigo en los prejuicios típicos tejidos alrededor de esta forma politológica que no casualmente ha sido convertida banalmente en la peste negra de la política occidental. Nadie, de Algeciras a Estambul, quiere ser tildado de populista.

Lo cierto es que la valentía necesaria para superar tales prejuicios por parte del PT quizás sería también suficiente para diseñar una estrategia que lo impulsara a alzarse con voluntades populares más robustas y mayoritarias, que le proveyeran la imprescindible hegemonía política que le garantice el “jogo de cintura” político necesario para dotar de autonomía, sustentabilidad y permanencia, no sólo al partido en el gobierno, sino a las reformas sociales conseguidads en la última década (en particular las de Lula 2003-2011).

Por supuesto que existen sustanciales diferencias entre recrear procesos populistas y populares en sociedades como la ecuatoriana o la boliviana, dada su dimensión económica y geopolítica, que en un "país-continente" como Brasil, cuya centralidad, foco y, en particular, magnitud de inversiones recibidas en el mismo período desde el mundo desarrollado es muy alta. No necesitamos sobre-simplificar una ecuación geopolítica sensible y con grados de restricción adicionales. Pero tampoco declamar resignación y someter los cambios al referendum del "mercado". Sabemos como termina.

Lo cierto es que el proceso popular brasileño viene siendo sometido a presiones y la amenaza latente de un desgarro prematuro hacen que su horizonte de supervivencia parezca reducirse al orden del mes o el trimestre, en lugar de los más de tres años y medio que todavía le restan a la actual administración.

Esperemos que no sea demasiado tarde, espeamos que no sea inútil poder transmitirle a Dilma nuestra peregrina idea, adaptada a los modos de un asesor económico de Clinton

“Es el populismo, Dilma”   

   

1 comentario:

Iris van Kirsten dijo...

Pareciera que Dilma trata de hacer lo que erróneamente supusieron Borón,Grünner, Aliverti y otros tantos, que harían Cristina y Néstor, tras la derrota en Buenos Aires en junio de 2009: salvar los trapos haciendo múltiples concesiones, aunque los antecedentes históricos muestran que echarle carne a las fieras sirve hasta que se te termina la reserva y te morfan...