
El conflicto en el subte puede ser visto como el emergente más notorio de una situación de más amplio alcance, que abarca varios ámbitos de la organización gremial y la política.
Entonces, primero, intentemos encuadrarlo, haciendo una declaración de principios básica.
Si alguien alguna vez pensó que el gobierno iba a propiciar algo parecido a la propiedad colectiva de los medios de producción, hay que hacerle saber urgentemente que estaba equivocado. No está de más hacer esta aclaración, que parecerá obvia para algunos, pero que resulta necesaria, a la luz de algunos reclamos que se escucha acerca de cómo se maneja este tipo de conflictos.
El gobierno no tiene prurito en sentarse a negociar con los patrones o con los trabajadores y no asigna prioridades, simplemente porque sus funcionarios no se identifican ideológicamente con el clasismo, no son “facilitadores de revoluciones obreras”, y encima tienen una responsabilidad coyuntural, con muchos apremios, que les impide elegir con quién sentarse y con quién no. Ser presidente de la Nación, no es ser presidente de un centro de estudiantes.
Por el otro lado, los delegados del subte no tienen la más mínima voluntad de que el conflicto derive en que Tomada firme el dictamen que les otorgue la personería gremial.
Porque, en el caso de que esta hipótesis (que sería la de máxima en la coyuntura actual) se realizara, usarían la personería como una herramienta para la escalada que tiene como objetivo final la toma del poder por los trabajadores (así, con esa visión de largo plazo, por descabellada que parezca, funcionan las organizaciones que se autodenominan “clasistas”). El que diga que si Tomada firma se acaban los paros, miente.
El conflicto en sí mismo es estratégico para los delegados combativos del subte (ex - delegados, según la visión oficial), y tácticamente seleccionan el motivo para llevarlo adelante en la coyuntura (el motivo del paro, a inicios de esta semana parecía ser la situación del comedor de Morón donde trabajan los hijos de Segovia, ¿o estoy equivocado?).
Entonces, es falsa la sentencia “que Tomada firme y se termina todo”.
Más allá de eso, en el terreno político, se presenta una encrucijada bastante compleja.
La encrucijada está dada, tanto porque el gobierno demora intencionadamente el acatamiento de los fallos que respaldan el reclamo
coyuntural de los delegados combativos del subte, como porque tampoco puede avanzar sobre ciertos derechos que estos trabajadores están ejerciendo en su reclamo (como el derecho a huelga) si quiere resguardar el poder acumulado por los sindicatos en general.
Esto, para el que tiene dudas todavía, marca una diferencia sustancial con la década del 90, en que los alineamientos eran más claros.
Para la patronal, en cambio, la situación es más sencilla. Le pide al Gobierno que avance sobre los trabajadores díscolos, sabiendo que ese avance sería, por elevación, un duro golpe a la “burocracia sindical”, un enemigo menos encarnizado mediáticamente, pero más poderoso y peligroso para sus “colegas”.
Viendo la cosa desde esa óptica, nos encontramos con que: la patronal y los “burócratas” tienen un enemigo común, que son los delegados díscolos, a los que quieren limpiar de uno y otro lado. Pero con diferencias, porque los “burócratas” saben que la represión y el cercenamiento de ciertos derechos, sería abrir la puerta para que los limpien a ellos después (o los hagan capitular, que es más o menos lo mismo; Moyano queda afuera de ese esquema en el que avanzan algunos que hoy están adentro y otros que hoy están afuera, por ejemplo Cavalieri y Barrionuevo).
Finalmente, como se desprende de lo anterior,
también los delegados troskistas, clasistas y combativos comparten tácticamente con las diversas patronales, el objetivo de encerrar a los “burócratas”, a la conducción actual de la CGT, en un movimiento de tenazas con presiones combinadas por izquierda y por derecha.
Una duda que surge: qué posibilidades tienen los delegados combativos de mantener la amplia representatividad y el alto acatamiento de las medidas que convocan, en el caso de que las posiciones se endurezcan, y, para beneplácito de las diversas patronales, en 2011 asuma un gobierno que “no tenga las manos atadas”, y pueda reprimir.
Simultáneamente, en las orillas, aparece el mentado “clima social”. Con tipos que se molestan porque les paran el transporte, que despotrican contra el gobierno porque “no hace nada”, y que, el día que se vaya la
diktadura, van a mirar para otro lado cuando recontrarecaguen a palos a los
revoltosos, que los K dejaron crecer.
Sospecho que de los compañeros trabajadores del subte que hoy apoyan todos los reclamos, van a quedar muy poquitos resistiendo hasta el final.
Ese día los dirigentes clasistas van a poder decir cualquier cosa, menos que no estaban avisados.
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