La demora en la inscripción del nuevo sindicato del subte y los paros hechos en reclamo de una resolución del Ministerio de Trabajo han abierto una discusión sobre el problema de fondo, la inscripción, y los modos de reclamarla.
En distintas tomas de posición se adoptan distintos puntos de vista, que conviene separar.
La primera cuestión es el derecho de los trabajadores a darse su organización y sus dirigentes. La función de la organización sindical es la defensa de los intereses de cada sector de la clase trabajadora y ese debe ser el principio rector en todos los casos. Y quien debe juzgar si determinado sindicato y determinados dirigentes cumplen con ese objetivo son los propios interesados.
En este sentido, debe dejarse de lado un preconcepto que hace estragos en cierta izquierda, pero que es compartido fuera de ella. Se trata de la idea de que los trabajadores, en realidad, son unos tontos que se dejan manipular por dirigentes con miras aviesas. Poco importa que desde esa izquierda se atribuya la manipulación a los burócratas y que desde otros sectores de le atribuya a los zurdos. La idea básica es la misma.
Por supuesto, los trabajadores son seres humanos y se equivocan. Pueden ser manipulados durante un corto tiempo. Pero no son tontos. Descubren más temprano que tarde quienes son los que efectivamente defienden sus intereses y quienes no. Lo hacen guiados por un criterio que surge de la propia condición del trabajo. A pesar de que estaba excluido de toda política activa y relativamente aislado como castigo por su actuación en la revolución húngara de 1956,
Lukács era enormemente respetado por los dirigentes comunistas de Hungría. Conscientes de que el estado del país y del propio partido era insatisfactorio, pidieron en 1971 a Lukács su opinión sobre la situación política. (El
texto no fue publicado hasta 1990.) Entre otros temas, la respuesta desarrolló esta cuestión: los obreros, dice Lukács, distinguen el trabajo bien hecho del trabajo mal hecho; respetan al primero y desprecian al segundo.
Aplicado a este caso, podemos decir que el sindicato y los dirigentes que hacen bien su trabajo gozan de respeto, por encima de sus inclinaciones ideológicas o de los defectos que puedan tener. Cuando determinados dirigentes logran la adhesión de una gran mayoría de sus compañeros y la conservan durante años, ese es un criterio más importante y más seguro que cualquier opinión emitida desde afuera, por bien intencionada y bien argumentada que sea.
Otra argumentación se basa en la necesidad de la unidad sindical. Cualquier trabajador sabe la importancia de la unidad. Pero la unidad es un medio para el fin, que es la defensa de los intereses propios, el aumento de los salarios, la mejora de las condiciones de trabajo y los servicios sanitarios, turísticos, educativos, etc., que permiten una mejor calidad de vida. La unidad no puede ser un fin en sí misma, aunque es uno de los medios más importantes, si no el más importante.
Y, por otra parte, si la unidad no viene de parte de los trabajadores, es una falsa unidad. ¿Qué clase de unidad es la de un sindicato al que los trabajadores no se afilian o, incluso, se desafilian, porque no lo perciben como un instrumento de defensa de sus intereses? Basta formular la pregunta para encontrar la respuesta.
Pero, además, en el caso del subte, los hechos no demuestran que la enorme mayoría de los trabajadores y sus delegados hayan tenido la tendencia a romper la unidad. Al contrario, durante bastante más de una década se mantuvieron dentro de la UTA, sin perder la cabeza ni siquiera ante las matoneadas de la conducción. Ante la última renovación de delegados, fue la propia conducción de la UTA la que los excluyó, impidiendo que se presentaran a las elecciones. Fueron los dirigentes de la UTA los que rompieron la unidad, con la pretensión de imponer a la base delegados que no eran los que la base quería. Ante esto, no les quedó a los trabajadores del subte otra vía que formar un sindicato, so pena de quedar fuera de todo encuadramiento sindical.
Llama especialmente la atención cuando compañeros peronistas rechazan la posibilidad de formar nuevos sindicatos, cuando los viejos se muestran inservibles. Porque fue así, precisamente, como nacieron en 1944 y 1945 organizaciones como la UOM, la AOT o la UOCRA. Se fundaron pese a que existían antes la Federación Obrera Metalúrgica, la Federación Obrera Textil y la Federación Obrera Nacional de la Construcción. Fueron fundados esos nuevos sindicatos por camadas obreras que no se reconocían representadas por los viejos sindicatos. Supongo que nadie dirá, como
Fukuyama, que llegó el fin de la historia y que la estructura sindical debe quedar congelada para siempre.
Además, que se lo cuenten a Moyano, que impulsó la organización de un sindicato de empleados de autopistas, cuando posiblemente lo normal hubiera sido que se afiliaran al de Vialidad.
Finalmente, un argumento que ha sido utilizado por mi estimado amigo y cobloguero
Mariano. Sostiene que sería inútil que el ministro Tomada firmara la inscripción del sindicato del subte, porque los delegados de todas maneras seguirían haciendo paros porque se proponen la toma del poder. Esta argumentación tiene, a mi juicio, tres agujeros.
Primero, como ya he señalado, los delegados del subte llevan bastante más de una década bregando por los intereses de su sector y nunca han hecho un paro que no fuera por sus reivindicaciones económicas, de condiciones de trabajo o de defensa de su organización. Esto les permitió, por una parte, lograr conquistas significativas en materia salarial, la recuperación de la insalubridad, la incorporación de trabajadores tercerizados, etc. Y, por otra parte, les ha valido la adhesión de la base. De todas maneras, no todos los delegados del subte son militantes de organizaciones de izquierda, ni mucho menos.
Segundo, si ocurriera que los delegados perdieran de vista los intereses de sus compañeros y pretendieran arrastrarlos a aventuras locas de “toma del poder”, sin duda encontrarían rápidamente un correctivo por parte de la base. Siempre puede aparecer una cabeza caliente, pero el conjunto de los trabajadores es sensato.
Tercero, la inscripción del sindicato no puede estar condicionada por la ideología de algunos de sus dirigentes. Los delegados del subte no han intentado tomar el poder (la idea misma es un poco extraña) ni puesto su actividad sindical al servicio de alguien que intentara tomar el poder. A falta de hechos, lo único que hay es la deducción de que su ideología los va a impulsar, en algún momento, en esa dirección. Con lo cual, nos encontramos con un criterio muy peligroso, que podría esgrimirse para excluir de todo tipo de cargos sindicales a quienes profesen ideologías sospechosas. Pienso que Mariano no ha querido extraer esta conclusión, pero su argumento deja abierta una puerta peligrosa que muchas veces se abrió en el pasado.