miércoles, 1 de mayo de 2013

Palabras-Laberinto


Las palabras-laberinto son parte fundamental de esos inventos geniales que el amo despliega para convencernos, para sosegarnos, para dorarnos la píldora.

Poderosas como acorazados y útiles como aspirinas, invaden silenciosamente nuestro lenguaje, como la hiedra va entretejiéndose en las rejas de nuestras casas mientras vivimos, en los hierros de nuestras camas mientras dormimos, en los silencios de nuestras charlas mientras compartimos.

Y así, las palabras-laberinto se convierten en el último recurso de las mentes simplonas, que ya han aprendido todo y que, aún con todo lo aprendido, ven llegar el cartel inevitable de game-over. En ese momento definitivo aparecen épicamente, con fondo de orquesta de 24 cuerdas, como el super-héroe que se demora hasta el éxtasis, porque no tuvo mejor idea que entretenerse quitándose las cadenas frente al aparejo de muerte terrible que el súper-villano montó en su más bello rapto de inspiración artística y perversa. (Qué bella es la maldad, a veces.)

Y entonces, nuestro sujeto, cuando todos los recursos básicos se han agotado y no queda más que el abismo del tartamudeo o un silencio idiota, puede asirse a su dosis de “globalización”, “señales a los mercados”, “economía sustentable”, "respetar la institucionalidad" o “facilitamiento cuantitativo”. Es absolutamente gratuita. Y altamente recomendada  por los laboratorios en los que se diseña el sentido común.

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Subdesarrollo es una de estas enormes y geniales palabras-laberinto, que están construidas para invitarnos a pensar en etapas inapelables y ácidas, que tendremos que atravesar exitosamente para, finalmente, llegar a ser “como ellos”, como los amos.
Subdesarrollo llega a su clímax cuando los chamanes la convierten en “nación en vías de desarrollo”. Allí es cuando el Foro de Davos tiene su orgasmo.

Sólo se trata de persistir en las fórmulas provistas, que como el hilo de Teseo, nos llevarán a la salida del Laberinto desde donde rápidamente se divisa nuestra Tierra Prometida. Con solo ajustar, con sólo recortar y reducir el gasto, con sólo enviar las señales apropiadas a los mercados, con sólo modernizar, tarde pero seguro tendremos nuestra pequeña y ansiada Nueva Australia. Y, si lo queremos, hasta una Union Jack adornando nuestra bandera.

No obstante, como todo, las palabras-laberinto también tienen su kryptonita, ante la cual se redimen irremediablemente. El conjuro consiste en exponerlas a la luz de nuestra razón. Como si fueran vampiros. Nuestra magia salvadora consiste en preguntarles a dos, a cuatro, a muchos, qué significan. Qué significa para cada uno de ellos globalización, qué significa institucionalidad, qué significa subdesarrollo.

Usted podrá ver que nadie responderá lo mismo. Preste entonces atención al espectáculo único de verlas reducirse a la nada. O implotar.

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Subdesarrollo no es una etapa. No es un estadío, ni una fase transitoria.

El subdesarrollo es un destino. Una trampa miserable que nos pide a gritos hacer algo. El subdesarrollo es un laberinto del que sólo se sale por arriba. Con imaginación, con ideas, con vuelo. Construyendo, durante años, lustros si fuera necesario, las alas de cera y miel, que nos elevarán y nos trasladarán allí donde queremos.

Y cuando los recién llegados, con su acento extraño, españoles, griegos o italianos, socarronamente nos pregunten por qué en lugar de una dieta salvaje para pasar por hendiduras inviables, seguiremos mansamente dedicados a reforzar, asegurar y perfeccionar cada tramo, cada parte del Estado-Alas con el que lograremos la libertad.