lunes, 30 de diciembre de 2013

Radares (I)


En un exceso de simplificación que ameritaría un aplazo en cualquier examen en la carrera de Ciencias Políticas, se puede esquematizar un modelo estilizado de la oposición vernácula como si estuviera articulada en dos grandes esferas, la de orden político y la de orden fáctico. En cualquier caso la totalidad del espectro enfrenta algunos problemas:

-por un lado la oposición de orden político, compuesta por sus renombrados líderes, sus partidos tradicionales y una gama de cuasi-partidos que se han ido generando (o incluso desprendiéndose de la misma oposición, pero también del oficialismo), sufre el síndrome de no poder presentar en sociedad un proyecto de país que tenga características que lo hagan aceptable y viable a las necesidades de las mayorías.

Podríamos dedicarle un largo párrafo a los motivos de la ausencia sorda de una articulación programática que despierte alguna pasión en los espíritus populares, pero el esfuerzo puede no valer la pena; usemos el reduccionismo y la simplificación barata para decir que las banderas más deseables de una línea de gobierno no sólo han sido audazmente tomadas por el oficialismo sino que, a lo largo de estos años y contra todas las apuestas, también ha mostrado coaraje para clavar sus picas en Flandes de manera más o menos desprolija, más o menos oportuna. Por el lapso de este raudo análisis, bauticemos a esta oposición política como “blanda”.

-por otro lado el orden fáctico, anónimo de representantes (lo que se inscribe en la tradición histórica y mundial) pero mucho más articulado y eficaz en sus intereses y demandas, como así también en la forma de exponerlos a la luz pública, lo que constituye una sustancial diferencia con el conjunto anterior, tiene absolutamente claro cuál es el proyecto de país que pretende instalar y cristalizar al tiempo que padece el insufrible problema de que su proyecto es demasiado similar (el mismo, dicen los que saben) a uno que ya gobernó al país durante 25 años con consecuencias todavía presentes en las retinas de sus supuestos beneficiarios y que, como un zombie, no puede ser expuesto a escrutinio público sin correr riesgo de que la luz del sol termine de convertirlo en un muerto definitivo. En contraste (no sólo semántico) llamemos a esta la oposición “dura”.

La problemática opositora descripta, de una oposición política blanda sin programa y unan oposición fáctica dura con un zombie en el placard, resuelve esta dicotomía de una manera obvia por lo poco original: la oposición blanda adquiere el programa articulador que le es provisto pr la línea dura, y en compensación por esta provisión, como cualquier Fausto que se precie, se disciplina a los intereses y demandas de aquella, que la dota de andamiaje argumental, recur$o$ y usinas mediáticas, y le exigirá a cambio su cumplimiento, monitoreado mediante evaluaciones mensuales en los estudios de TN y llano de condiciones y de cualquier vuelo creativo (con la excepción de la tenaz Lilita Carrió, una herbívora indomable).

Se agrega un comentario: por un lado es una verdad de Perogrullo que en las últimas semanas, independientemente de temperaturas, índices inflacionarios, cortes de energía, reservas en el BCRA, robos confundidos con saqueos, valor del dólar oficial y del ilegal, y cuanto resorte de indignación simbólica se enumere, ha recrudecido de manera exponencial la intensidad del fuego mediático opositor, notablemente en línea con el inicio del último bienio presidencial de un proyecto kirchnerista “puro” y con el proceso de desinversión efectiva del grupo mediático Clarín.

Nada lleva a pensar a quien escribe estas líneas que este fuego continuo y persistente vaya a aplacarse en los próximos meses. No hay motivos. El golpismo blanco vive estas horas como los aprontes de una fiesta que lleva una década de demora.

No es un detalle a soslayar inocentemente y ameritará futuras entradas en este blog para analizar la reacción oficialista ante este cielo iluminado de fuego peligroso y persistente.

Mantener radares encendidos.