domingo, 12 de octubre de 2014

65 años


Escena. 

La belleza madura de Orietta conduce sutilmente a Jep, en la complicidad de la noche, hacia su casa. Detrás de la cadencia y la invitación de su cintura, nuestro hombre entra en su recámara. Otro nuevo fuego de vida, irrenunciable para él, que se tutea desde hace años con la belleza y la fragilidad femenina.

Vuelta de la escena. 
Él recostado, semidesnudo, relajado, manso, contra el respaldo de la cama. 
Ella, sentada en un borde, angustiada, ensaya una suerte de disculpa por un sexo quizás tibio, desapasionado.

Jep, cuya única certeza en la vida es ser un caballero, contendrá y reorientará con suficiencia a una mujer compungida por un sexo ávaro.
Cuando ella recupera el aliento y reordena deseos, vuelve a la provocación descuidada:
-sabías que me gusta tomarme fotos?
-no, no sabía. Ahora que lo sé, imagino que en algunas apareces desnuda…
-pues sí, quieres verlas?

Él asiente leve, casi imperceptiblemente con la cabeza. Con esa aprobación, Orietta abandona la habitación en busca de su computadora. Entonces Jep se levanta y camina hacia el apacible balcón nocturno. Enciende un cigarrillo y libera las dos enormes líneas siguientes:

-El más consistente descubrimiento que he hecho pocos días después de cumplir 65 años es que no puedo perder más tiempo haciendo cosas que no tengo ganas de hacer…

Orietta vuelve instantes después con sus secretos, pero Jep ya no está. No está en la cama. Y tampoco está en el balcón. 
Jep camina, vestido y tranquilo, por Piazza Navona, en un destino que lo llevará a su hogar.


Sirva como recuerdo neblinoso de una escena más de “La Grande Bellezza”, una película italiana que hace algunos meses ha logrado entrar en frecuencia con algunas de mis cuerdas íntimas. Un film que recomiendo.

Me encantaría decir que, habiendo llegado a la misma conclusión, siento que le gané a Jep por 22 años. Falsa ilusión: quien pone esas palabras en boca del gran actor Toni Servillo es el director, Paolo Sorrentino, sólo un año mayor que yo. Nunca gané nada.

Sorrentino ha hablado sobre su película. No siempre es algo bueno que los artistas expliquen su obra. Sobra con el ejemplo de Fito Páez. 

Pero este en un hombre prístino: 

“aparentemente en la película no hay destino, la gente flota sobre la vida. Aparentemente están siempre en el mismo lugar, están destinados a no ir a ningún lado. Sin embargo Jep, sin siquiera percibirlo, se mueve hacia un destino muy preciso. Una cita con el punto más alto de su juventud, de su adolescencia y de su pureza. Así que el destino son esos acantilados donde encontrará a esa joven mujer, el amor de su vida cuando era un hombre joven”.  

Sorrentino antes que un italiano, es un napolitano, un enamorado del vino, del cine de Fellini y del fútbol de Maradona. En un punto respeto esas elecciones. Y creo coincidir en la premisa puesta en boca de Jep en la habitación de Orietta.

Me permito agregarle a su luminosidad otra luz personal que también he encendido hace poco con una fuerza muda pero irreversible. 

Quizás esto agregaría Contradicto en el balcón de alguna habitación amigable.

-Mi segundo descubrimiento es que no puedo perder más tiempo con gente que no me habla con el corazón.

No sólo hablo de mujeres, de romances, de fotos sensuales en computadoras. Hablo de gente que cuando me hable, haga hablar a su corazón.

Hablo de suspender indefinidamente esa instrumentalidad tan funcional como vacía. Congelar los artilugios pletóricos de racionalidad, las frías carambolas a tres bandas hechas con sentimientos de otros. Hablo de poner las cosas en el orden cierto: el carro-mente detrás del corazón-caballos. Y de decirlo.

No sólo hablo de esas charlas cada vez más frecuentes y más profundas con mi hija, en las que termino confesándole lo feliz que me hizo verla crecer como lo hizo.

No sólo hablo de esas charlas que parecen la armonía de Bach, cuando hablo con mis dos grandes amigos del alma, aunque hayan pasado meses desde la última vez. Aunque sepa que nada concluirá hasta que Migue nos deje por un partido de fútbol. O hasta que Fer me haga ver que soy un obsesivo pelotudo.

No sólo hablo de esas charlas con mi amante, que se seca en secreto las lágrimas cuando parto, porque íntimamente sabe que el destino le jugo un mal truco con el reloj, y que nunca seré totalmente suyo. Pero sus lágrimas salen de su corazón.

No sólo hablo de mi padre, que no necesita todos mis cuidados, mis provisiones, mis homenajes. Pero los acepta en silencio, escuchándome con el corazón.

No sólo hablo de mi madre, a quien dos minutos después de cortar una larga y volátil charla telefónica vuelvo a llamar, ansioso como un chico que ganó un premio en una rifa de la escuela, y cuando me atiende, sólo le confieso que me olvidé de decirle lo afortunado que soy cada día de mi vida por haber heredado su sabiduría.

No sólo hablo de gente que voy cruzando en mi viaje, que me habla de su trabajo, de su arte, de sus pasiones aún por las cosas más nimias. Cuando lo hacen, se les escucha latir el corazón.

No sólo hablo de grandes científicos que, cuando juega la selección se ponen por encima de su ya sempiterno y raído guardapolvo una camiseta argentina y así pasean por los dominios de su reino-laboratorio.

No sólo hablo del humilde honesto operario que tiene que asentir cuando el jefe habla mal de la presidente, pero escucha por radio, sigilosamente escondido en el pañol, sus discursos en cadena. Porque creé que la señora le habla con el corazón.

No sólo hablo de las hermosas mujeres que quedaron atrás en mi vida. De las que me hicieron un hombre mejor. De las que me hablaron con el corazón. Y con algo más.

Se puede pensar que soy muy exigente. Que es muy difícil hablar todo el tiempo y a todos con el corazón. 

No lo creo. 

He visto odontólogos hablando con el corazón. He visto políticos hablando con el corazón. He visto administradores de consorcio hablando con el corazón. He visto abuelas hablando con el corazón.

Tome nota. Se les ve en los ojos. En el tono grave. En la comisura de los labios.

...

Yo no sé si estas premisas son muy tempranas.

Yo no sé cómo serán mis próximos 22 años, si es que están allí. Ni sé que diré en el balcón de una bella mujer pocos días después de cumplir 65.

Pero este es el único juego que estoy dispuesto a jugar.


Y el destino ya me ha entregado mis cartas.