martes, 5 de agosto de 2014

Abramovic esquina Walczak



En algún suburbio de Buenos Aires, en algún rincón perdido y tristón, alguna vez hace muchos años se encontrarán estas dos callecitas. Los adoquines prolijos, el brillo amarillento de la luz de los faroles que se refleja y salta entre las piedras mojadas. Nobles, seguras, firmes, hace muchos años que no serán una esquina más de la ciudad.

Se encontrarán como cuando se vieron por primera vez, y una escuchó a la otra, repiquetear, marcar compás, el staccato seguro, la cordada brillante, el spiccato generoso.

Tengo un amigo que les vende los violines a estos dos maestros que más tarde que temprano serán callejuelas de esta ciudad. Llegan juntos al boliche, le dan conversación y de tan pícaros y dulces, me cuenta que cuando se van, no dan ni ganas de cobrarles.

Alcanza con escuchar las mil anécdotas de tocar en cabarutes aguantando el sueño, gozar escuchándolo a Troilo en Caño 14 o desafiarse a quién era el primero en levantar una pollera con el arco de la viola.

Dos viejos hermosos que un día serán dos calles y otra vez se eencontrarán, como ya lo hicieron, en una esquina, en un barrio, en un borde perdido de esta mole cada vez más reggaetón.

Gracias Mario.
Gracias Eduardo.
Gracias por ayudarnos a enterrar las patas en el barro mientras construimos escaleras hacia las estrellas.