martes, 30 de diciembre de 2014

Ultimo Acto


Empieza 2015 y el calendario republicano marca el último año de mandato de Cristina F. de Kirchner; de no mediar tsunamis políticos naturales o provocados los ciudadanos enfrentarán en algunos meses en el cuarto oscuro tres opciones fuertes en las que encauzar sus preferencias de futuro.

Una es el neoliberalismo suavizado, pletórico de tecnocracia pero vacío de ideología, cuyo olor a década del 90 es por momentos indisimulable y sólo queda vagamente eclipsado por un cierto perfume a eficiencia y operatividad ejecutiva metrobusiana, que desaparece frente a cada tormenta intensa o a cada reclamo colectivo expresado en los parques indoamericanos y los hospitales psiquiátricos.

Otra cuya principal virtud hasta el momento ha sido una cuidadosa esloganización de la política que en aguas calmas de debate preelectoral (todavía en modo soft) ha soportado con cierta integridad los barquinazos del camino, pero en la medida que el fragor de la lucha política vaya tomando temperatura camino a octubre, no podrá evitar traslucir controversias significativas. En particular si la estrategia oficialista va a ser la de tensar la cuerda ideológica para convertir un triángulo en un segmento: pocos e incómodos lugares le quedarán a una construcción que reune ex funcionarios con anti kirchnerismo furibundo para ubicarse en un lugar redituable y ganador en la tensión que va entre kirchnerismo y neoliberalismo.

Si la opción macrista no tiene, ni le interesa, ningún arraigo con las mayorías trabajadoras que se reconstruyeron en la última década, la segunda opción presenta dificultades de convocatoria y permanencia: salvo sindicatos liderados por impresentables como el Momo Venegas o Luisito Barrionuevo, o transfugas como Hugo Moyano, es poco lo que el municipalismo expandido de Massa puede ofrecer como vinculación peronista con el mundo del trabajo.

Si a la primera opción podíamos etiquetarla como noventista, en la segunda podemos mantener ese estilo temporal y denominarla herminioiglesismo ochentista: un líder casi luderiano con poco control de sus comandantes, entre los que se encuentran algunos con irrefrenable tendencia a la quema de urnas.

A la vez que es muy difícil disimular las orejas de lobo que emergen por detrás de la blanca y suave lana que puebla la cabecita del cordero, y si hay algo que tiene las personas, incluso las que preferirían un ecosistema con menos crispación y más ancha avenida, es percepción: no hay asesor de marketing político que pueda refrenar prolongadamente la verdadera naturaleza de la bestia y la procesión dura 10 meses.

Queda por describir la opción oficialista, aunque es prematuro cualquier juicio hasta que la maduración de proceso de lugar al candidato definitivo, que emergerá de factores tales como la performance macroeconómica durante 2015, la capacidad de alianzas políticas de los precandidatos previo a las PASO y la capacidad de articulación simbólica de la líder.

No se trata de esquivarle el bulto a una definición de preferencias, que en este blog las tenemos, se trata de describir lo que hay y no lo que habría. Creemos que CFK también tiene sus preferencias in pectore, pero claramente el contexto y el escenario no son en nada propicios para una definición. Y no lo serán hasta bien entrados en la carrera a las PASO. Es más, podrían no serlo nunca.

Lo que está claro es que la de 2015 no es una elección presidencial más, sino la batalla final por el control del desarrollo nacional, por el rol del Estado en dicho desarrollo y por la capacidad de inclusión y ecualización social del modelo emergente.

Como ocurre a escala global el ágora política no es un territorio aséptico y neutral en el que se debaten de manera democrática variantes ideológicas. Es antes que nada el teatro de operaciones de los medios de comunicación tradicionales, que desde el siglo pasado se han convertido en la cabeza de playa por donde desembarcan las interpretaciones de realidad que el poder fáctico pretende convertir en sentido común (con muchísimo éxito, nobleza obliga).

Dichos medios de comunicación articulan su poder urbi et orbi sobre tres ejes ordenadores de realidad y satisfacción: corrupción, inseguridad e inflación. No es una elección inocente, son tres parámetros sobre los que el poder tiene un control casi pleno y los gradúa casi a discreción.

Un delito con aristas conmovedoras es sólo un delito, dos y luego tres en cadena nacional mediática son lo que conocemos como inseguridad. Delitos hay en todas las sociedades, en todas las épocas. Ordenarlos y coordinarlos en la grilla de novedades publicadas de manera que escandalicen cuando sea necesario es una estrategia premeditada.

Algo similar ocurre con la corrupción. Existió, existe y existirá. El impecable trabajo de convertir una coima (real o no, nunca quedaría claro) en corrupción generalizada es un trabajo de orfebre que merecería mayor reconocimiento: que Lanata no haya recibido todavía un Oscar es una injusticia universal que alguna vez deberá zanjarse.

La inflación viene con otra parametrización, pero fuerte control mediático. Un kilo de tomates que muestra un aumento de precios rampante por un cambio estacional pone en ridículo cualquier índice, tanto el del INDEC y el del instituto noruego de estadísticas. Nadie en el mundo cree en los índices de inflación que se publican en su país. Y, adicionalmente, el poder de erosión política de la inflación es mayúsculo.

Los tres se operan en dosis adecuadas sobre los mecanismos de selección de preferencias de los votantes que, como sabemos, no tienen el más mínimo interés en leer plataformas políticas ni creen en compromisos de campaña. Cartoneros, electricistas y doctores suma cum laude seguiremos votando a nuestros líderes con el meso-encéfalo, de la misma manera que elegimos jabón en polvo. Y somos testigos del desarrollo pleno de una operación a la que le faltan todavía algunos actos para la caída final del telón. Se trata de conectar elegantemente los vínculos de Cristina, de su familia, de Lázaro Báez y de cuanto integrante del gobierno que tenga un ticket de estacionamiento mal rendido, para luego echar a todos en una misma bolsa de mierda, tras lo cual no haya posibilidad de análisis riguroso sobre hechos, sino que predominen las percepciones.

Jueces que más bien parecen un dudoso cartel se reúnen y organizan almuerzos conspirativos a la luz del día para planificar su estrategia de ataque al PEN. Cualquier reunión con el 1% de carga simbólica en la que participe un miembro de tercera línea del ejecutivo sería tapa de matutinos sin dilación y con fuerte presencia de la palabra “embestida”.

Lo que eriza la piel de los pedestres sería el eventual éxito de la movida y para muestra basta un botón: detrás del mani pulite italiano vino el vaciamiento de la política peninsular en manos de una indefinible derecha al mando de un inefable Berlusconi. Nos estremece pensar lo que los gerentes mediáticos argentinos tendrían para ofrecernos si la opus magna de Magnetto y Mitre tiene éxito.

Por suerte la pugna real es por valores políticos que son claros a los ojos de la población, y esos valores no son los que mayor capacidad de centimetraje mediática ostentan.