
Jean le Rond nació ilegítimo de la poeta Claudine Guérin de Tencin y del oficial artillero Louis Camus Destouches. Por aquellos años era tan grande la culpa que un evento así generaba, que a pocos días de nacer el niño fue abandonado en el atrio de la iglesia Saint Jean le Rond, en París. Se crió en un orfanato y recibió por nombre el de la iglesia que lo amparó.
Por suerte su padre biológico, Destouches, pagó secretamente su educación (aún cuando nunca le reconoció filiación legal). Y no lo digo porque en este blog mantengamos algún prurito moral frente a las relaciones extramaritales (al contrario, nos encantan): lo digo porque sin educación quizás nos hubiéramos perdido uno de los tipos, uno de los filósofos, matemáticos, mecánicos, físicos, uno de los poetas y probabilistas más jugosos de su época.
Sería largo y árido intentar resumir aquí su vida, sus estudios, sus logros. Hay decenas de
lugares en los que nuestros visitantes van a poder lograr una buena perspectiva. Digamos, eso sí, que a los 23 años Jean enfrentó uno de los desafíos más improbables que planteaba la física de ese momento. Probablemente ni él mismo lo supiera. Se trataba de ponerle leyes y sentido al caótico e inestables mundo de los fluidos.
El
gran genio inglés, el maestro de maestros que lo antecedía poco había podido hacer en este campo: las herramientas con las que contaba y la prioridad que le asignó a otros temas (la mecánica, la gravitación y la óptica) fueron manteniendo aquel territorio en la virginidad.
Pero el joven y audaz Jean lo enfrentó. Vamos a tratar de ahorrarle tecnicismos al lector: los fluidos, es decir los líquidos y gases son un área dura de la física por varias razones. Economicemos justificaciones y digamos que son el único lugar donde ocurren cosas como los torbellinos, el caos estable y las variaciones masivas en la respuesta debidas a cambios mínimos en las variables de entrada. Y por lo tanto, son un bagual bastante inquieto.
Como era habitual en aquellos tiempos, un físico que se preciara de tal debía ser un buen matemático y esto dotó de cierto sesgo algebrista a Jean, que en ese campo era excelente (los buenos timberos le deben diversos aportes). Durante unos 15 años trabajó sobre un modelo descriptivo que, cuando lo concluyó, ofrecía una perspectiva hasta ese momento inédita; su modelo describía los fluidos de una manera matemáticamente sencilla y operativamente práctica, pero su mayor virtud radicaba en una cierta seducción estética y en la sencillez pedagógica que proponía. Sus resultados y conclusiones aparentaban tanta afinidad (al menos en aspecto y apariencia) al comportamiento de los fluidos verdaderos y resultaban tan fáciles de explicar que rápidamente se convirtieron en objeto de culto en las aulas de los claustros de la época.
Sin saber de su carácter anticipatorio y sin que siquiera el fútbol existiera, Jean ya explicaba en 1757 la comba del golazo de tiro libre que Diego le hizo a la Unión Soviética en la final del ’79, en Tokio. Pero tuvo la honestidad intelectual, que no tiene
Manolo, de anunciar que su modelo presentaba restricciones. Tantas y tan importantes que no pudo explicar, por ejemplo, algo bastante evidente como el “arrastre”, esto es la fuerza antagónica al sentido del movimiento que sufre un cuerpo inmerso en una corriente: tiempo después se bautizó esta incongruencia como “La Paradoja de D’Alembert”.
250 años más tarde nosotros sabemos que existe un fluido que se ajusta casi a la perfección a las hipótesis que Jean proponía para su modelo (que el medio fuera incompresible y que no tuviera viscosidad): se trata de gas helio enfriado a unos 250 grados debajo del cero. Allí, su comportamiento es prácticamente el de un fluido ideal, que era lo que la teoría de Jean satisfacía.
Para mensurar una vez más la magnitud del problema físico y matemático que Jean enfrentó, baste decir que tuvieron que pasar casi 70 años hasta que alguien describiera correctamente el problema en su totalidad (otro francés, Navier). Hablamos de describirlo, de escribirlo en ecuaciones. Ni siquiera hablamos de resolverlo. Es más, a la fecha, la solución analítica se mantiene en el limbo de los grandes problemas irresueltos de la física. Es uno de los problemas que el
Instituto Clay incluyó en el año 2000 dentro de los denominados “Problemas del Milenio” por cuyas soluciones paga a razón de un millón de dólares cada una (no hay apuro, muchachos, van 9 años y no pasa naranja)
Pensaba en todo esto mientras empujaba mi carro cartonero. Pensaba en modelos, pensaba en soluciones “agradables”, pensaba en simpleza y en belleza.
Pensaba en la época en la que la Ilustración amparó en su seno a grandes pensadores que, temiéndose y hasta sabiéndose equivocados, parieron de una manera magistral lo bello y lo simple. Y pensaba en cómo el resto de nosotros sentimos una atracción irresistible hacia esas descripciones.
Pensaba en cómo las bautizaban, marcando que tenían en claro las fuertes restricciones a las que están sometidas: fluido ideal, mercado perfecto, en fin...
Pensaba en lo poco que aprendimos después de tantos años. En cómo seguimos, hoy, buscando la razón y la explicación en lo
elemental, lo mínimo, en lo bello.
Pensaba en la coincidencia de que Jean fuera contemporáneo a otro grande, Adam Smith.
Pensaba que, a diferencia de la economía, en la mayoría de los casos la física puede darse el lujo de crear un laboratorio, un aparato, una máquina, cualquier caja cuasi-mágica en la que replicar el fenómeno que la hace dudar. Y que en su lugar, la economía no tiene otra salida que esperar a que el fenómeno ocurra en algún lugar del mundo en el que las hipótesis se verifican para poder tomar la decisión de aferrarse a ellas o abandonar las teorías que la desvelan para siempre.
Pensaba en la belleza de la teoría de la mano invisible del mercado que ajusta mágicamente el precio determinado a oferta y demanda. Pensaba en lo bello de su descripción y lo simple que debe ser enseñarla. Pensaba en cuántos de sus seguidores toavía hoy, más de 230 años después de ser enunciada, la toman por general siendo particular.
Pensaba en su potencia y en su belleza, que todavía hoy convoca a tantos discípulos, algunos de ellos verdaderos talibanes de Occidente que no dudarían en dar su vida por la Escuela de Chicago.
Pensaba en Keynes como el Navier de la economía, avisándole al mundo en plena crisis del 30 que la hermosa teoría de Adam Smith sólo representa un conjunto especial y acotado dentro de la gran economía.
¿O será, simplemente, que la física es un poco más neutra que la economía? ¿Que la física, salvo cuando se la requiere para construir misiles y armas de destrucción masiva, no requiere ser el brazo de ninguna política, de ninguna estrategia de dominación sobre los países periféricos?
En todas estas cosas pensaba cuando de pronto recordé que en Belgrano y Piedras me esperaba Mariano para embolsar el rejunte del día. Y pensé en comentarle mis desvaríos.
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