miércoles, 1 de enero de 2014

Radares (III) - Don't get high on your own supply



El otro gran problema inmediato al que se enfrentaba la economía argentina y, en consecuencia, la estabilidad social y política, es el del frente externo. Cambios ocurridos en el sentido del flujo de divisas en ciertos rubros significativos que aportan a las reservas del Banco Central hicieron que estas ingresaran en derivada negativa y se iniciara un período de disminución de las mismas.

Las estrategias de solución del problema pueden ser varias. Una de ellas, por ejemplo el clásico análisis al interior de cada rubro para intentar entender porque los egresos fueron creciendo más que los ingresos.

Otra solución consistió en analizar si la paridad nominal que mantiene el peso con el dólar era la correcta. En efecto no fueron los reclamos de los caceroleros pidiendo dólares para irse a Miami o Punta del Este los que sonaron la alarma en el control central del equipo económico, sino la sensible caída en las exportaciones de productos que venían teniendo una gran performance hasta bien entrado el 2011. Dicha caída hablaba de una caída de la competitividad, especialmente en las economías regionales. Un rápido repaso de la situación en el puente principal del barco llevó a una conclusión amarga pero inevitable: el tipo de cambio real multilateral del peso se había atrasado de manera sensible. La causa raíz, según este blog, es que desde un largo período íntimamente relacionado con el exceso de confianza que dio el triunfo electoral de 2011, habíamos estado consumiento nuestra propia mercadería.

Nos permitimos una profundización para nuestros lectores legos: la cotización del dólar que figura en las pizarras de las city es el tipo de cambio nominal. Es un indicador útil pero no es la mejor referencia de competitividad de nuestra moneda. Esta está determinada por ese tipo de cambio (nominal) pero dividido por la relación de inflación las economías de ambos países. Se lo conoce como tipo de cambio REAL.

Como ilustración, si la economía de un país A sólo tuviera vinculación comercial (exportación e importación) con un único país B, la relación de estructuras de costos determinada por el tipo de cambio entrambos sólo sería un factor importante como instantánea de una realidad económica. Si la inflación de B fuera alta durante un largo período respecto de la de A, inevitablmente esto también afectaría negativamente su estructura de costos (la de B), quitándole competitividad. Así, el tipo de cambio AB podría ser nominalmente el mismo y sin embargo, a lo largo de los meses habría un deterioro en la competitividad de B.

Dado que raramente un país tiene comercio con un único país extranjero, sino con muchos, el tipo de cambio real no es uno sino muchos, ponderados por la proporción de comercio que se tiene con cada país y con sus respectivas inflaciones. Este algoritmo medianamente complejo y muy dinámico (hay que relevar las inflaciones y proporciones de comercio con cada país socio) se denomina tipo de cambio real multilateral, conocido como TCRM. Y si nuestro lector pudo seguir el razonamiento pobremente explayado, verá que la inflación de Argentina juega en todos los términos importantes.

Ahora bien: si en lugar de usar una inflación verdadera, usamos los índices de Moreno (menores), y sostenemos este eufemismo a lo largo de años, lo que vamos a tener es una ilusión algebraica que nos lleve a pensar que el dólar de $ 4,90 del 31 de diciembre de 2012 era un tipo de cambio competitivo, cuando la realidad de los precios generales de la economía argentina decía otra cosa. Esto, que creemos merece la moraleja que Michelle Pfeiffer le sugiere a Tony en Scarface, es decir haber consumido de nuestra propia mercadería, configuró un enorme tiro en el pie que tuvo sus consecuencias y los efectos están a la vista.

Con el dólar a 6,50 se revierten varios de los flujos de divisas no deseados y se revitalizan las economías exportadoras y regionales. Además de liberarnos de las opiniones de los economistas zombies que como un mantra piden ajuste de las cuentas fiscales. Esta idiotez (ahora de ellos) se revierte con la sola existencia de un tipo de cambio competitivo, que está más cerca del actual 6.50 que del anterior 4,90, la que reactiva la economía y le mete combustible a la recaudación y los ingresos al Tesoro. Demás está decir que también quedan knockout todos los argumentos de los zombies devaluadores tirados livianamente en un estudio de televisión o medio de comunicación masivo, sin ningún criterio ni basamento en la realidad.

Lo antedicho pone de manifiesto algunas cosas:

- Que la inflación del INDEC es un verso que recién irá camino de una solución cuando se la empalme con el inminente IPC Nacional, algo que le pedimos a las autoridades de gobierno que no nos cuenten porque sus afirmaciones podrían poner en riesgo acciones judiciales de los bonistas que cobran sus talones indexados con CER

- Que en efecto hemos estado aspirando lo que vendemos y último, pero más importante

- Que conviene seguir sin darle la más mínima pelota a los portavoces de la oposición dura, a esta altura de la soireé desesperada por cristalizar esa patética profecía que dice que cada 10 años la Argentina estalla. Mas bien sospechamos que si se acomoda lo inmediato y se soluciona lo mediato, la van a tener adentro un largo tiempo más.