viernes, 21 de diciembre de 2012

Matar como forma de vida



El 30 de marzo de 1981, sólo dos meses después de haberse hecho cargo de la presidencia de los Estados Unidos, Ronald Reagan pronunciaba un discurso de 18 minutos ante 3500 personas en el Hilton International de la ciudad de Washington.

En una parte de este mensaje, este viejo cowboy anticomunista, bocón y de bolsillos enriquecidos por los cortos publicitarios para la General Electric, decía: “el crimen violento ha aumentado en un 10%, haciendo que las calles sean inseguras y las familias sientan temor en sus propias casas”. Salió aplaudido.

Cuando caminaba, junto con su Secretario de Prensa Jim Brady, desde la puerta del hotel hacia la limosina que lo esperaba con la puerta abierta, Ronnie se detuvo a regalar algunas sonrisas a quienes se enjambraban a su alrededor, partidarios, curiosos o simples transeúntes. Saludó levantando el brazo izquierdo, que fue por donde entró uno de los seis disparos que, al descerrajarse, congelaron el pulso de todo un país.

Brady también fue alcanzado por la ráfaga y en minutos una pila humana caía sobre John Warnock Hinckley, un muchachito de 25 años que según su confesión posterior, con semejante acto quería llamar la atención de la actriz Jodie Foster, su obsesión secreta.

El presidente perseguidor de comunistas fue hospitalizado de inmediato y en poco tiempo se repuso, para poder tomar decisiones tales como el apoyo a los Contras, la invasión de Granada, la baja de impuestos a los sectores más ricos de la población y la carrera armamentista que lanzó frente a la Unión Soviética, conocida como la “Guerra de las Galaxias”.

El 6 de mayo de 1983, dos años más tarde, Ronnie era invitado a dar su discurso a la Convención Nacional de la Asociación Nacional del Rifle, en Phoenix, Arizona. A ellos les dedicaba 25 minutos pletóricos de referencias a la importancia de la industria de las armas livianas en el empleo, a resaltar acciones heroicas contadas con los dedos de una mano por parte de compatriotas armados, o del apoyo que necesitaba su gobierno de parte de la ANR para tomar partido en la crisis política que ellos mismos habían desatado en El Salvador.

Todo el discurso no era otra cosa que el recurrente sellado de ese antiguo pacto entre el Partido Republicano y el lobby armamentista, confirmando que no habría ninguna restricción a la compra, manipulación y venta de armas de cualquier tipo y calibre por parte del gobierno a los consumidores norteamericanos.

Historias viejas, dirán nuestros lectores.

Historias viejas, es cierto. 
Historias viejas que hacen eco recurrente en el presente de un país en el que los niños matan a los niños y en el que sus profesores debaten luego si deben ir armados a los colegios para matar a los niños que matan a los niños.