
La película ganadora del Oscar se llama The Hurt Locker y su nombre ha sido, como siempre, torpemente traducido al español como Vivir al Límite.
Bajo alguna mirada con cierta cuota de inocencia podría interpretarse como una apología de la paz, como una nuevo testimonio artístico que describe la locura social en la que sumerge la guerra. Un escuadron militar con tipos que, en el escenario de la invasión norteamericana a Irak, tienen por tarea desactivar bombas que el terrorismo fundamentalista islámico va dejando sembradas aquí y allá con el único objetivo de mantener el estado de terror que provocan los atentados permanentes (cóomo será la verdad de esta historia?).
El protagonista principal es un tipo bastante enfermo que se ha hecho adicto a esa adrenalina dramática que supone dialogar cara a cara con la muerte en cada misión, cada día. La película abre con una declaración sentenciosa “la urgencia de la guerra es una adicción potente y a veces letal, pues la guerra es una droga”.
Muy lindo todo.
Este cartonero que conserva amigos de buenos viejos tiempos que lo dejan pasar a la sala una vez que la función empezó y le piden que se recluya en las ultimas filas para no molestar, tuvo la oportunidad de verla. Y se considera sin ninguna autoridad pero con todo el derecho a opinar.
Detrás de un prelavado a la lavandina, esa película es un refuerzo a la lógica norteamericana de la presencia en Irak. Hay que verla y no va a ser este el lugar en el que nuestros lectores se van a enterar que el asesino es el mayordomo. Pero estamos hablando de una cuidadosa y delicadamente pensada justificación de la acción belica en Irak. Que hace pie en la supuesta justificación de la presencia de pelotones de desactivación de bombas terroristas.
No me trago el cuentito de que busque censurar la locura bélica. No asi. Es otro producto de la industria cinematográfica norteamericana, esa aceitada maquinaria especializada en imponer sentido común global. La que nos habilita a conocer mejor la idiosincrasia y los valores de un habitante de Boston que de uno de Porto Alegre (dónde queda Porto Alegre?).
Este post podría empezar acá.
Existe un cierto discurso muy progre y muuuuuuy Palermo Rúcula que dice que Campanella y su cine son “industria” cinematográfica argentina. Una réplica pobre de la industria hollywoodense. Que responden a una cierta lógica asociada a la masividad y al exceso de sentido común (también suman a otros directores, laburantes, sencillos). Y postulan que deben ser ninguneados, cuando no defenestrados.
En general, quienes propalan este discurso portan unos lentes setentosos con gruesos marcos de carey oscuro, un libro de un ignoto escritor indio y esta mañana, como todas, se levantaron muy tarde.
Sin hacer mención a la más que obvia necesidad de una industria cinematográfica masiva para poder pagar los bizarros experimentos que hacen con el 35 milimetros algunos hijos de papas muy adinerados, desde aca nosotros disentimos con ese elitista punto de vista.
El cine es, también, una fenomenal máquina de creación de cultura popular y de mínimos factores comunes. Sirve, por ejemplo, para dar a conocer quienes son nuestros enemigos. Así, hemos aprendido quiénes son los enemigos del pueblo norteamericano: pieles rojas, sureños, algunos cowboys bigotudos de segura ascendencia mexicana, nazis, vietnamitas, sovieticos, narcos colombianos, fundamentalistas islámicos, etc.
Nuestros enemigos son los hijos de puta que chuparon gente y secuestraron bebés durante la dictadura (La Historia Oficial, 1986) y los tenebrosos cuadros de la Triple A (El Secreto de sus Ojos, 2010).
Aguante la industria del cine.
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