Mostrando entradas con la etiqueta Librecambismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Librecambismo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de julio de 2009

Buenos momentos, good fellas

Aunque no comparto ni la ubicación de las comas, considero al blog El Abuelo Económico como uno de los de mayor nivel, sobre todo por su conocimiento de la economia agraria argentina.



Por eso, me parece importante responder cuando El Abuelo publica una entrada como la que se puede leer hoy, bajo el sugestivo título Buenos momentos.



Recomiendo leerla, es corta. Pero, de todas maneras, la resumo. Reproduce dos artículos del decreto Nº 2284/91, en los que se suprimen todas las "restricciones que distorsionen los precios de mercado evitando la interacción espontánea de la oferta y de la demanda", así como las "estricciones, los cupos y otras limitaciones cuantitativas a las importaciones y a las exportaciones ".







La fecha del decreto es octubre de 1991, cuando la convertibilidad cumplía seis meses y empezaba a sacar los dientitos, que en pocos años se convertirían en esos terribles colmillos que desagarraron el tejido social y económico del país. Los firmantes, por supuesto, eran Menem y Cavallo, los "buenos muchachos" que sonríen desde la foto de al lado.




Sería un error y una ingenuidad, inadmisible en personas de más de cinco años, limitar el análisis de este decreto al simple deseo de eliminar distorsiones en el "libre juego del mercado". No porque uno sea un creyente de esa religión: ni existe ese libre juego, ni el mercado es transparente, ni los que intervienen en él tienen la misma información, ni nada de nada de los supuestos liberales. Así que no hay nada que lamentar cuando el Estado interpone sobre las distorsiones propias del mercado otras distorsiones de signo opuesto, destinadas a proteger a los más débiles, ya sea como trabajadores o como consumidores.

Pero, además, el decreto era parte de un conjunto de medidas, un verdadero plan destinado a producir modificaciones profundas y duraderas en la economía nacional. Es como parte de ese conjunto que se debe considerar las medidas y es a partir de los resultados del plan que se debe evaluar si puede aplicarse al expresión "buenos momentos" a octubre de 1991.

El decreto 2284 resume bien el espíritu del plan. Se trataba de reducir el papel del Estado a un par de funciones: facilitar los negocios privados, asegurar un fuerte movimiento de la timba financiera y la ausencia de una inflación que carcomiera los rendimientos financieros y reprimir la protesta social. Los instrumentos privilegiados fueron la libertad de precios, apertura librecambista al exterior, ancla monetaria mediante la paridad fija, desmantelamiento de la legislación protectora del trabajo, privatización de las empresas públicas y privatización gradual de los servicios sociales.

Con crecimiento del producto, comenzó a crecer la desocupación. La economía nacional quedó a la intemperie, con déficit del comercio exterior, cierre de industrias y endeudamiento enloquecido. Abiertos (de piernas, diría algún grosero, pero acá no lo diré) a los vientos de la especulación mundial, bastó una crisis financiera en México para que la Argentina entrara en recesión. Y, si bien la recesión fue breve y no demasiado profunda, la desocupación se disparó a niveles sin precedentes (por lo menos, desde 1934), niveles que mantuvo por casi una década.

Al cimbronazo del tequila siguió un par de años de recuperación. Pero la lógica inmanente del plan comenzó a operar cada vez con más fuerza, cada vez más imparable. El predominio de la valorización financiera continuó castigando a la economía mundial (Sudeste asiático, Rusia Brasil) y la Argentina estaba crecientemente a la intemperie. A mediados de 1998 comenzó la recesión más profunda y prolongada de la historia argentina (en todo caso, disputa el primer puesto a la de 1914-18), llegando a niveles de desocupación que no se vieron ni siquiera en la crisis de 1930 y niveles de pobreza impúdicos.

El final de la historia ocurrió estando de nuevo Cavallo en el Ministerio de Economía. Con una deuda de dimensiones monstruosas, vencimientos incumplibles, el Estado en quiebra, el comercio exterior desfondado, la industria fundida, los campos en remate, la situación social desesperante y los pocos dólares existentes remando afanosos rumbo a Montevideo, el ilusionista probó un nuevo truco: el corralito. El colapso económico y social era completo.
La reacción popular y el tan postergado cambio de la política económica son parte de otra historia.

La que se preparó con medidas como el decreto 2284/91 es la historia de horror que el neoliberalismo hizo triste realidad en la Argentina. Llamar a eso "buenos momentos" es una burla sangrienta.


El link para el decreto ha sido afanado a El Abuelo Económico. Perdón, Abuelo.