
Hace 2907 que no vivimos esto.
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Hablamos, amigos, de Lagos, en Nigeria.
Después de pasear un rato por sus calles empujando el carrito de la imaginación, nos damos cuenta que a pesar de infinitas diferencias, muchos más son los puntos de contacto con nuestra propia ciudad, con nuestro barrio.
Una ciudad portuaria, fundada por hombres que venían de Europa, cuyo destino era convertirse en un enclave desde el cual remitir a la metrópolis las más preciadas riquezas que ofrecía la región, utilizando como herramientas para convencer a la población local en primer lugar una cierta persuasión que bien podía ser hija de la corrupción de sus clases dominantes. Y cuando esta persuasión se hiciera difícil o imposible, el necesario convencimiento iba a llegar en la punta de bayonetas.
Eso. Una ciudad brillante en un marco de pobreza y explotación sin límites. Una perla en el barro. Una capital más del saqueo y la devastación, qué sólo es sustentable en el tiempo si las elites dominantes perciben que la retribución que perciben por el yugo que imponen a sus compatriotas es, de algún modo, justa.
Como dijimos, las más preciadas riquezas que ofrecía Lagos y los territorios bajo su control eran a su vez las más innobles: Lagos exportó fuerza de trabajo que se subió a los barcos negreros en contra de su voluntad. Podría haber sido cualquier otro producto. Buenos Aires, por ejemplo, exportó primero oro y plata, luego carnes, harinas, durmientes, lanas y linos. Pero los centros de poder europeos no medían la mercancía que recibían con el fiel de la moral sino con el de la utilidad y la renta.
Y, como siempre me pasa en mis recorridas nocturnas, no puedo dejar de preguntarme por qué vivimos obnubilados por París, por qué nos desvela lo que pensarán de nosotros en Madrid o lo mucho que nos parecemos a Milán. Cuando nuestro destino está, profunda, inextricablemente, unido a Lagos, a Nigeria...
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