Uno. El carro de Contradicto tiene problemas. El hombre decide la reparación y llama a una casa de repuestos para reservarse la pieza que necesita. –Sí, la tengo. Sale trescientos pesos. – OK – dice Contradicto y putea por dentro. Manso y tranquilo, se va hasta Warnes y se mete en el boliche. A la hora de pagar la gorda que lo atiende empieza a manipular la calculadora con algo que se parece a la fruición. Son 450, le dice. Contradicto se calienta y le recuerda una charla telefónica: nena, 300 me dijeron. – Sí señor, pero usté vio lo del dólar. Se lo tengo que cobrar a 4 ochenta. –Entonces guardala que vuelvo la semana que viene, dice nuestro protagonista.
Dos. Un amigo de Contra labura en turismo. Yuga bastante y por motivos obvios tiene los bolsillos llenos de billetes de los colores y orígenes más variados. Pero necesita pesos para moverse y mover a sus contingentes en Buenos Aires. Entonces junta todos los verdes que tiene y se va a una casa de cambio del microcentro. Antes de entrar, en el baño de un café, hace la cuenta: tiene tres mil. Alrededor puede sentirse ese dulce aroma argentino de lo ilegal, de lo incorrecto. –Cuanto querés comprar- le pregunta la rubia de aburridos ojos color cielo. –No. No quiero comprar. Quiero vender- Eso desacomoda a la rubia que ya empieza a cogotear buscando auxilio. Y nuestro cliente hace la peor pregunta: A cuánto están cambiando? Omitiendo deliberadamente el cartel de pequeñas luces rojas que en la puerta indica 4.25. Consultas secretas van, nervios vienen, la rubia vuelve con una terrible noticia: “sólo te los podemos tomar a 4.65”. –OK. –dice el pispireta –Tres mil. Contento con su hazaña, me llama y nos reímos al unísono bajo el sol de noviembre.
Tres. Una tía jubilada que escucha radios opositoras me lo confirma por teléfono: “es cierto, Contra, lo que están diciendo en la radio? –Que…? –que no venden más de trescientos dólares por persona? Qué vamos a hacer?”
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