
Creemos que lo ofrecido hasta acá (o sea
acá,
acá y
acá) dice bastante sobre el tema exportaciones, quizás demasiado. Pero no queremos privarnos de emitir opinión, concientes de que nos caracteriza nuestra porfía y no nuestra sutileza.
Al analizar los grandes números de las exportaciones podemos ver que las primeras 5 secciones (de las 20 que componen el super-rubro MOI) se llevan el 80% de los 22.200 palos verdes despachados al mundo por la industria argentina a lo largo de 2008. La mitad de ese 80% corresponde a exportaciones de 2 grupos que se identifican con alto valor agregado, muchos de ellos destinados directamente a consumo: “Transporte Terrestre” y “Máquinas, Aparatos y Equipo Eléctrico”. Una rápida indagación de cada grupo muestra que además de automóviles terminados, también van camiones, tractores, locomotoras, equipos auxiliares, conjuntos, autopartes, satélites espaciales, reactores nucleares, tableros eléctricos, etc. Esta es la mitad de las buenas noticias y no ocultamos que, cuando encontramos estas bolsas, pensábamos que nuestra decepción iba a ser mayor.
Ahorremos un comentario seguro: nada hemos dicho sobre las importaciones de insumos y bienes necesarios para esas producciones (motores, máquinas herramientas, electrónica, etc.) Sabemos que, puntualmente, la balanza comercial automotriz es deficitaria pero también sabemos que tanto gobierno como industria están trabajando para, si no revertirla, al menos amortiguarla.
La otra mitad representa la mitad vacía del vaso. Un lugar donde hay mucho por hacer (y se hace poco). Las tres secciones que la integran son los productos químicos, los metales (y sus transformaciones) y los plásticos (y subproductos). Productos en general básicos, mayoritariamente despachados a granel (el acero en bobinas, el aluminio en lingotes, el polietileno en pellets, el PVC en barriles en suspensión, el biodiesel en "bulk", etc.) destinados a alimentar procesos de transformación que se ejecutan en otros países con mayor nivel de desarrollo. Lo que el mundo conoce como
commodities. Esta estructura de exportaciones industriales refleja, de alguna manera, nuestro mapa industrial. Complejo, asimétrico, descompensado. La burocracia del Ministerio de la Producción (oia! nao tem link porque nao tem website) podría competir con estos humildes cartoneros y mostrar, en tiempos razonablemente cortos, resultados significativamente sorprendentes.
Reconocemos, sí, que la actual estructura industrial tiene sus causas. Pero no nos alcanza para justificarla; creemos que hay que trabajar para modificarla. Veamos.
Por un lado, nuestro país le ofrece a los productores de bienes un mercado pequeño (además de muy empobrecido en las últimas décadas) comparado con las escalas de producción mínimas rentables que deben atender los emplazamientos productivos modernos. Escalas de producción que, además, crecen con cada nuevo salto tecnológico. Un ejemplo automotriz viene al caso: la
vieja planta de General Motors en San Martín (GBA) produjo en 19 años (1959 a 1978) la misma cantidad de automóviles que la actual planta en General Alvear, cerca de Rosario, podría producir en 3.
Esto provoca que las plantas localizadas en el país (tanto para materias primas e insumos como para bienes elaborados) pongan rápidamente su foco de atención en los seductores mercados externos: ellos imponen una demanda firme (y usualmente generosa) que, en algunos casos, además implica colocarse y mantenerse en la frontera tecnológica (bajo costo, productividad, calidad, etc). Simultáneamente, eso sí, se convierten en gigantes del mercado doméstico, al que atienden con un criterio mucho más político que comercial.
Si a esto le agregamos el proceso de destrucción del tejido industrial, aplicado especialmente sobre PyMEs nacionales que se vivió desde 1976 para acá (alguien recuerda la
CGE?), el fuerte proceso de transnacionalización de los '90 y la baja eficacia de la acción reconstructiva estatal a partir de 2003, los incentivos realmente existentes para recrear y reforzar el tejido industrial local son pobres. Y, muchas veces, esta falta de protección es el terreno propicio en el que los peces grandes, por opción estratégica o por simple displicencia, operen antagónicamente respecto de los peces pequeños, proponiéndo políticas comerciales y productivas altamente inflexibles (remember
el cartel del cemento).
Están tan afianzados en su negocio que no tienen incentivo para adoptar un cambio de enfoque. Y ahí es donde debe llegar el único árbitro que puede domarlos, encamisarlos, contener demandas. Somos nosotros. La sociedad. O su representación, el Estado. ¿Quién, si no?
Hemos aprendido, con el lomo, que a estos representantes del Capital, que prefieren la libertad de empresa como relato hegemónico, se les habla con el bolsillo. Nos lo enseñó el recordado
“Zorro” Pugliese, con una demostración por el absurdo.
El Estado debe utilizar, por lo tanto, herramientas de política económica para lograr este propósito. Por ejemplo usando los derechos de exportación (sí, eso, las meneadas retenciones), acompañados por sus hermanos mellizos, los reintegros.
En nuestro país, después de aplicar un esquema de emergencia (5% plano a todas las MOI) que nos permitió apagar el incendio desatado en 2001, el Estado debió haber comenzado un trabajo de sintonía fina que busque reordenar el sistema de retenciones industriales. Nunca es tarde. Un sistema que penalice la exportación de commodities y que premie el agregado de valor (y su usualmente alto aporte de mano de obra, directa e indirecta).
Tomemos, a modo de ejemplo, uno cualquiera de los productos a los que hicimos referencia en esta zaga: pudo haber sido el PVC o el polietileno o el mineral de cobre o el zinc en lingotes, o el rollo de acero crudo laminado caliente, pero arbitrariamente elegimos el aluminio. Argentina lo exportó en 2008 por valor de 1.100 millones de dólares. El 82% de ese monto, nada menos, lo hizo en formatos primarios, los que corresponden a lingotes exportados por el principal (en rigor, el único, por aquello de las escalas productivas) productor nacional, Aluar, desde Puerto Madryn.
El 18% restante es aluminio exportado con mayor o menor grado de transformación. Pero recordemos: tanto los lingotes patagónicos (a unos 1600 dólares la tonelada) como TODOS sus transformados y, aguas abajo, un satélite espacial que pudiese fabricar y exportar
INVAP (digamos 0.3 toneladas de aluminio a unos 2 palos verdes) pagan 5% de retenciones.
La realidad es que, de no existir otros incentivos (o restricciones), los peces grandes prefieren pagar ese 5% (bastante menos cuando es neteado de reintegros que se pagan tarde y mal, pero se pagan) pero mantener contentos a sus clientes del exterior. En 35 años de vida, la presencia del pez grande del aluminio en nuestro país no ha garantizado que su presencia haya recreado y reforzado el entramado industrial a su alrededor; por el contrario, todo parece indicar que se debilitó. Lo que hay son individuos y empresas en esfuerzos autónomos, que además se levantan cada mañana dedicando una plegaria para que San Aluar no endurezca sus términos comerciales (o no estamos en una economía de libre mercado?).
A estas asimetrías nos referimos cuando hablamos de involucrar a los grandes en el encadenamiento productivo por la vía de tocarles el bolsillo. Opciones en las que hacer caja (que, dicho sea de paso, es una opción válida) no son la verdadera prioridad. Donde las retenciones se convierten en las herramientas con que la Sociedad ordena las preferencias de los agentes detrás de un objetivo socialmente deseable (lo que nos permite subrayar por enésima vez la importancia de mantener una amplia brecha entre retenciones agropecuarias a la soja y al resto de cereales y oleaginosas, buscando incentivar preferencias en los productores).
Algún agudo comentarista , en capítulos anteriores de esta zaga, hablaba de otras
N formas de promoción. Lo decimos, todas son aceptables. La diferencia con las retenciones es que la guita para poner en práctica esas otras opciones, termina saliendo de las arcas de nuestro Estado. Un Estado que todavía no termina de salir de la anestesia aplicada durante 30 años; y que probablemente no tenga la "estructura" para controlar la eficacia con que se aplican esos recursos.
Involucrar a los grandes productores que, en general, se han visto protegidos por prebendas y beneficios especiales desde su creación, es una forma de devolver el esfuerzo en ellos depositado y de continuar (convenientemente actualizado) un proyecto de desarrollo que dejamos trunco en el 76.
Dicho todo esto, alguien nos hará acordar que existe la política, y sugerirá que las restricciones y los alineamientos políticos del momento son demasiado exigentes como para pensar en otro frente de tormenta. Nosotros tenemos nuestra opinión, pero dejaremos el espacio de los comentarios para discutir el punto.
Esto, también, es redistribución del ingreso.
Y lo demás? Lo demás es
biri biri.
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