lunes, 8 de agosto de 2011

Una anti-balsa de piedra (2)



En un momento de la tarde, cuando el acontecimiento parecía convertirse en nada más que eso. Cuando todos los secretarios de infraestructura, los ingenieros, los ministros de educación y las secretarias habían dado su opinión. Cuando los periodistas esperaban con ansiedad que una llamada del canal o la radio los sacara de eso que ya se convertía en un soponcio, una noticia cayó como otro baldazo de agua fría entre los presentes. Se supo cuando un cuatri de Prefectura con dos agentes hizo su llegada desde el sur, por la avenida, a toda sirena y velocidad, rompiendo la parsimonia de los automovilistas que, además de la congestión que vivían, aprovechaban para pasar despacio cerca de la fisura y ver si podían detectar algo entre las piernas de la gente que se arremolinaba alrededor.

Hicieron una parada corta entre la gente, quizás alentados por el que venía atrás, levemente parado encima de los pedalines, y tratando de sentirse importante. Le avisó a un par de personas que una fisura parecida, aunque no tan grande ni tan visible, se había abierto por debajo de la luz del puente de la última calle de ingreso al lado sur de Puerto Madero. Ahí, a metros de la entrada al Casino Flotante. Dijeron esto un par de veces, respondieron poquísimas preguntas, más agitados por la excitación de la noticia que por el poco esfuerzo físico que requiere hacer 10 cuadras en cuatri. Y raudamente siguieron camino hacia el cuartel de prefectura, sabiendo que si el mayor se enteraba que otros se habían enterado antes que él, iba a ser para problemas.

Lo cierto es que esa pequeña noticia dicha en segundos estalló como un polvorín. En minutos los periodistas, cámaras, asistentes, productores y los plomos repusieron todo el arsenal de cables, aparatos y equipo de vuelta en las combis, con una velocidad increíble. Era evidente que tenían cancha en estas cuestiones. Diez minutos después de las sirenas del cuatri, allí sólo quedaban algunos transeúntes, algunos autos, tres o cuatro agentes de prefectura y las fajas de seguridad de nailon amarillo, para despabilar a algún dormido.

Los móviles marchaban todos a paso raudo hacia el sur, a convertirse en testigos irrefutables de esa nueva sonrisa de la tierra. Esta vez debajo de un puente, lo que exigió de los cámaras y los iluminadores un poco más de esfuerzo. Pero el aspecto era una copia exacta. En lugar de correr sobre el negro del asfalto, esta vez corría sobre piedras calizas que algún trabajador, quién sabe cuando, había colocado con mucha parsimonia sobre todo el lecho del dique y el canal que conducía a la boca del puerto. Como un trueno en el cielo, emergía del agua, ganaba altura en busca del puente y se escondía en su dorso, sin dar señales de vida del lado opuesto, el superior donde se asentaba el pavimento y donde los autos habían dejado de pasar.

A partir de aquí la cantidad de móviles de radio y televisión y los periodistas aumentaron. Los transeúntes, gentes de corbata o trajecitos sastre, venían a ver el fenómeno con sus propios ojos cuando las oficinas decidían dejar descansar al capitalismo, al menos hasta la mañana siguiente. Contentos. Charlando en grupos. Caminando por la vereda soleada de Moreau de Justo. Y haciendo los comentarios más extravagantes. -Mirá si se está partiendo Puerto Madero y se hunde, le decía un cadete flaco y desgarbado a la secretaria del jefe, a quien le tenía ganas desde hacía meses. Ay! Callate, Diego! respondía ella con la voz aflautada y la secreta ventaja de saber lo que él creía que ella no sabía, porque se lo había contado el chico del comedor.

Lejos de allí, en su bucólico rincón en el bosque de La Plata, el teléfono del viejo no dejaba de sonar. Funcionarios. Televisión. Radios. Medios. Hasta la secretaria de un ministro. Ramón, así se llamaba nuestro sujeto, había pensado varias veces en dejarlo descolgado. Estaba harto. Pero todos le preguntaban lo mismo. Nada raro, Don Córdoba? Ni una señal de terremoto? El técnico electromecánico especialista en instrumental don Ramón Córdoba, paciente quizás por ser oriundo de la provincia de Santiago del Estero, a todos les respondía que el aparato había detectado sismos lejanos, en Perú y en Ecuador, con total precisión. Era imposible que no detectara un terremoto ahí, a 60 kilómetros, en Capital. -El sismógrafo no marcó nada. Nada. Esas fisuras deben ser trabajos de calles mal hechos. Contratistas que falopearon el pavimento, trataba de tranquilizar Ramón. Pero en tres o cuatro ocasiones, en especial a la tarde después de la segunda fisura, había vuehttp://www.blogger.com/img/blank.giflto a entrar en la sala del sismógrafo para recorrer todo el equipo y quedarse tranquilo. Efectivamente, la bola gigante ahí, quieta, impávida. La aguja con tinta en su lugar. El rollo de papel moviéndose con el mecanismo. La computadora encendida. Al final, un sismógrafo tampoco era algo tan complejo. Eso sí, una pequeña, casi imperceptible rayita a las cinco y veinte de la mañana de ese día. Pero si eso era un sismo, sus treinta y cinco años de laburo tenía que tirarlos a la basura. Esa rayita podía ser un volcán en Honolulu, un terremoto en Ankara o un martillo neumático en 1 y 52, pero de ninguna manera podía ser una grieta gigante en… Puerto Madero.



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