martes, 21 de julio de 2009

Potosí



No vamos a repetir acá el dignísimo trabajo de Galeano. Muchos de nuestros lectores habrán decidido transportar, en algún momento de sus vidas, esta piedra en el zapato de la literatura, que no se lee sino que se sufre, pero que como pocas pone en verdadera dimensión nuestra realidad, la de pertenecer a una tierra hija de la explotación y el saqueo. Debe ser ese estado de comprensión al que nos transporta su famoso libro, el que más nos oprime y más nos duele.

Pero también , acaso hoy mismo, alguna de las hijas de Obama, parada sobre la autoestima de ser la hija del presidente del país más poderoso del mundo y merced al regalo que le hizo a su papá un dictadorzuelo latinoamericano, también estará sorprendiéndose por las peripecias de otros abuelos esclavos, que vivieron bien al sur del suyo propio. Ojalá.

Para nosotros Galeano queda ahí, faro insoslayable para nuestra barcaza más módica y sencilla.

Potosí.
Si hubo “Venas Abiertas de América Latina”, esta fue la yugular. No paró de desangrarse durante casi 300 años, dando testimonio del tamaño y la generosidad de su corazón mineral.

Si el desvelo de los conquistadores españoles era encontrar La Ciudad de los Césares, El Dorado, la Trapalanda, podríamos decir que nunca lo lograron. Que tuvieron que construirla con sus propias manos. O mejor dicho las de los indios. Y le dieron por nombre Potosí.
Pudo ser en cualquier momento, pero fue en 1545 que alguien le contó a los hombres de Pizarro dónde estaba el lugar del cual se extraían los brillantes metales que llegaban al Cusco para adornarlo y para rendirle pleitesía al Inka y a su madre, la Tierra.

Solo necesitaban eso. El rumor de la existencia del Sumaj Orko, el cerro hermoso. Sólo un rumor. Para 1570 ya vivían en Potosí alrededor de 120 mil personas. Todas revestían esta categoría desde poco tiempo antes. Los originales habían dejado de ser infrahumanos hacía 33 años, cuando Paulo III promulgó la bula papal Sublimis Deus que reconocía la naturaleza humana de los indígenas a los ojos de Dios y de la Santa Iglesia. Eran la mayoría que trabajaba durante días sin ver la luz del sol y que desde entonces podían ser bautizados y comulgados.

Eran más habitantes que los que vivían en París, Madrid o Roma. Potosí ya era “Villa Imperial” bajo el nombramiento real de Carlos V (junto a Madrid, Toledo y Viena) cuando Nueva York no era ni siquiera eso, era Nueva Amsterdam.

Apenas nació, ya daba forma a la orgía de despilfarro y exageraciones que iban a escribir su historia. Las fiestas de coronación de Felipe II tuvieron en Potosí un costo de 8 millones de pesos fuertes y duraron 24 días. En comparación, el sistema de acueductos de Potosí, que se hacía imprescindible para que las enfermedades no diezmaran las legiones de indios mineros costaría, 21 años más tarde, la faraónica suma de 3 millones de duros.

Un censo que ordenó el gobernador en 1650 registró 160 mil personas y la convertía por lejos en la ciudad más grande de América. Buenos Aires en esa época alcanzaría con suerte 10 mil habitantes y Boston no sabía si podía superar con éxito el próximo invierno o el próximo ataque de los iroqueses. Una casta rica y despreocupada controlaba la Villa Imperial, viviendo una vida despreocupada y licenciosa. Para fines del siglo XVII, aventureros afortunados y criollos ricos que buscaran algo de diversión en la ciudad, iban a encontrar 14 salones de baile, treinta y seis casinos y un teatro. Algunos años más tarde un gobernador de la ciudad decidió festejar el día de San Juan instalando en la ciudad un circo traído de Europa del que se decía que tenía una variedad de animales igual al Arca de Noé. Para que los transeúntes no sintieran sequedad en la garganta, decidió instalar tres fuentes en lugares clave de la ciudad, de las que surgían tres chorros permanentes y, por supuesto gratuitos, de agua, vino y chicha. No alcanzaban los dedos de cien manos para contar las “Casas Venéreas”, según contaba el sacerdote Antonio de la Calancha. Todos imaginamos que no se refería a lugares de retiro espiritual.

Pero siempre había lugar para el arrepentimiento y la contrición: treinta y seis iglesias espléndidamente ornamentadas luciendo ricos tapices, cortinajes, blasones y obras de orfebrería, algunos importados de los lugares más exquisitos y otros hechos por los indios, sus mujeres y sus hijos, rindiéndole culto a un Dios que nunca daba la cara y que, cuando hablaba, sólo decía culpa, sólo decía temor.

“De los balcones de las casas colgaban damascos coloridos y lamas de oro y plata. Las sedas y los tejidos venían de Granada, Flandes y Calabria; los sombreros de París y Londres; los diamantes de Ceylán; las piedras preciosas de la India; las perlas de Panamá; las medias de Nápoles; los cristales de Venecia; las alfombras de Persia; los perfumes de Arabia, y la porcelana de China. Las damas brillaban de pedrería, diamantes y rubíes y perlas, y los caballeros ostentaban finísimos paños bordados de Holanda. A la lidia de toros seguían los juegos de sortija y nunca faltaban los duelos al estilo medieval, lances del amor y del orgullo, con cascos de hierro empedrados de esmeraldas y de vistosos plumajes, sillas y estribos de filigrana de oro, espadas de Toledo y potros chilenos enjaezados a todo lujo” nos cuenta Galeano.
La contabilidad del Tesoro Real, en Cádiz, debe haber sido sencilla: 65 mil toneladas de metales preciosos en casi 300 años. La que nadie se encargó de llevar dice que entregaron su vida 8 millones de indios en las entrañas del Cerro Rico durante esos años. Mi contabilidad es sencilla: cada tonelada que cruzó el mar dejó a su paso 123 muertos.

Por supuesto que cuando la riqueza del mineral que le daba sentido a la Villa Imperial comenzó a empobrecerse, el conquistador no sintió ninguna atadura para dejar atrás el lugar y volver a casa. Los únicos que no se irían serían los que nunca habían llegado, los que vivían allí desde mucho antes de Huayna Capac.

Pensar que la historia posterior y la independencia boliviana iban a ser más contemplativas con su gente es una utopía. El Cerro Rico de Potosí continuó con su insaciable hambre de gentes.

Poca plata albergan hoy los túneles que recorren las entrañas de este monte asesino. Pero aún quedan estaño y zinc, que son el motivo principal de su explotación. Eso sí, ya no hay más fiestas interminables ni orgías deslumbrantes. Sus protagonistas se fueron. Desde finales de los años 50, las minas potosinas se explotan de forma estatal. Los beneficios que obtienen los mineros, organizados en cooperativas, no van mucho más allá de lo indispensable para su subsistencia diaria. Todavía continúan muriendo hombres y niños, muchos de ellos hijos de trabajadores que entran al corazón del infierno con 12 años. Masticar hoja de coca en grandes cantidades les ayuda a mantener el ritmo de trabajo y a engañar al hambre. El alcohol casi puro propicia el olvido. Y todo por 150 dólares al mes.

El turismo funciona. Esa forma moderna de mantener presente el color de piel y el aspecto de quienes hace algunos siglos vinieron a arrebatarles la dignidad. Se acercan tímidamente, en procesión, a agradecer el amable capitalismo que hoy disfrutan en sus países a costa de este cerro y de estas almas. Holandeses, españoles, austriacos, ingleses, belgas.

Sin embargo la ciudad colonial, bella hasta la decadencia, perdona y olvida infinitamente. En la Casa de la Moneda, donde se imprimieron los que “valían un potosí”, una placa recuerda con orgullo la visita realizada por los Reyes de España en el año 2000.
Quizás ya los hayan perdonado.

Muchos de quienes nos leen se compadecerán por el pasado y el presente del Tiwanaku. En lo personal no puedo dejar de observar los lazos de contacto que aquel Potosí tiende con nuestro presente.
Qué pasaría si el glifosato efectivamente envenena nuestros campos y nuestra gente. Dónde ubicaríamos la placa que honre a quienes lo diseñaron y lo introdujeron en nuestras tierras para crear nuestro oro verde.

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1 comentario:

Anita M. dijo...

Es tal cual, el libro de Galeano no se lee, se sufre.