sábado, 1 de agosto de 2009

Rocío







Tu mente es tu arma
no la desactivés
soldado que lucha con la imaginación
no le hagás el juego fácil
a los que quieren tu piel

Hoy es hoy
Los Piojos


Esta historia me la contaron ayer mientras esperabamos el camión en la plaza Arlt.

Tiene 21 y un sobrino al que le pusieron Leonel.

Ella no lo podía creer cuando la hermana le dijo que estaba embarazada. Lucía es 2 años más chica. Fue la primera de la familia que se enteró. Eso de ser hermanos, de ser unidos. Esa confianza que otorga la complicidad de haber hecho alguna cagada juntas, de defenderse mutuamente cuando las cosas se complicaban, esa inexplicable sensación de tener un hermano, cuando "hermano" es bastante más que otro hijo de tus viejos.

Por supuesto que al principio, en la soledad de la pieza que ambas compartían, esa noche la cagó a puteadas. – ¿!Vos sos pelotuda Lucía?! No te das cuenta de la forrada que estas haciendo?! Cómo que “querés tenerlo”?! Tenés 17, no te das cuenta?!! - disparó, sabiendo que sus palabras no iban a dar rebote.

Ahora sabe que algo se rompió aquella noche. Cómo explicarlo, quién podría ponerle palabras. El yugo robusto e invisible que unía el camino de ambas parecía desgarrarse y crujir en silencio, en tanto afuera sólo se escuchaba un grillo obstinado. Se le hace un nudo en el estómago cada vez que recuerda todo aquello, hace casi un año, cuando dejó fluir ese río sin recodos ni obstáculos, ese río mezcla de indignación e impotencia que terminó de desagotar en el momento en el que le propuso que abortara.

No midió el tajo que estaba abriendo entre ambas. Como suele pasar, atinó a darse cuenta cuando era demasiado tarde. Lo confirmó con el portazó que Lucía dio cuando salió, en completa desolación. Una bronca profunda y real comenzó a emerger desde muy adentro, un impulso pocas veces vivido que le hizo morderse un nudillo hasta el dolor. Castigo carnal por la daga que acababa de clavar. El golpe de la puerta y el rechinar que hacía cuando rebotó fueron el comienzo de un rosario sin dioses que Rocío aprendió a rezar en los días que siguieron.

Pasaron unos minutos para que sobreviniera la calma y hasta una cierta saciedad. “Por qué me pongo así, si le dije lo que pienso?”. Algunos segundos y Rocío respondía la pregunta que la Rocío anterior había dejado, tan cándida. “Porque soy una boluda, por eso! Pedazo de pelotuda que soy! Quién me manda a meterme donde no me llaman? Cómo voy a poner en duda, enfrente de Lucía, la capacidad de ese nabo para llevar adelante una familia? Como voy a poner en duda, justo frente a Lucía, lo que él siente por ella? Me entreno para pelotuda...”

Y otra vez ese fuego que emergía. Rocío sabía que había dicho lo que no tenía que decir. Y los viejos bueyes amigos que hace 20 años compartían yugo y camino, empezaron a mirarse con desconfianza.

Las semanas y los meses pasaron. Como siempre. Rocío pronto volvió a ser la chica que fue. Alegre. Animada. Arrancó segundo de Comunicación Social en la Sarmiento. Cursa con Nahuel, su novio, casi todas las materias. Él estudia poco y ella sabe que no le va a poder seguir el tren. No está cómodo en esa carrera. Y aunque ella sabe que tiene fecha de vencimiento, disfruta su compañía. Escuchar sus chistes en voz baja, los papelitos que le pasa en complicidad con caricaturas animales de la gorda de Psico o el ayudante de Método.

Y también suma amigos. Todo el tiempo. La distancia de Lucía pareciera cubrirse con nuevos amigos. Nuevas ideas. Esto no es el secundario. Mucho más interesante; siente que ningún día es igual al anterior y está segura que ninguno será igual al siguiente. Bueh, salvo a la mañana, que trabaja en la tienda. Las mañanas son todas iguales. Por es siente que la felicidad es una mujer que camina por los pasillos y los jardines de esa facultad y que le va dejando ofrendas secretas a cada paso: Alecita, Matu, Fer, el Negro, juntarse a estudiar y tomar mates, trenzarse con el Zurdo a discutir sobre política, organizar para encontrarse el viernes en San Miguel para ir a bailar o a jugar al pool. Pero también está la militancia, incipiente: juntarse con amigos a los que trata de "compañeros" para dar una mano en el asentamiento. Cada día, cada plan que se arma, cada proyecto que aparece le dibuja una línea más al horizonte, un trazo firme y nítido.

Hace poquito leyó un afiche en el transparente de Extensión. Esa noche la clase era todo revuelo. Nadie hablaba de otra cosa. Ahí se enteró que lo organizaba el flaco de Comu. “Charla – Debate” decía el afiche. Y abajo, grande y pretencioso “Medios, Humor y Sociedad”. Remataba abajo, más que un renglón parecía una sonrisa: “Con la participación de Diego Capusotto , Pedro Saborido y...” -Mirá, Ale, viene Capusotto - Estás en pedo, boluda - Pero fijate, dice acá... - Debe ser para que venga gente - No creo. No van a mandar algo así si después no viene.- Y en minutos los mensajitos atiborran el teléfono. -Avsle al zrdo q ta cn gripe. O nos mata.- N srio viene Kapstto? - Vas a Capusotto? Cndo es?-

Y otra vez volver a casa. Otra vez tomar el 43. Otra vez caminar esas 4 cuadras benditas. O malditas. Otra vez mirar alrededor, abrir el portón y cerrarlo bien. Otra vez abrir la puerta y otra vez encontrarlo. A Leonel. Otra vez en una cobija tirada en el piso. Jugando. Otra vez y siempre la vieja, ahora abuela, teniéndolo por la espaldita. Otra vez esos ojos expresivos, los de Leonel, los de Lucía, que la miran. Que la confunden por un segundo con la madre. Otra vez darle un beso a la vieja. Otra vez levantarlo en brazos a él. Otra vez la vieja que empieza a contarle todo lo que Leonel hizo esa tarde. Otra vez frenarla. Otra vez “Pará, vieja... después me contás. Dejame disfrutarlo...” Y aprovechar esos segundos: abrazarlo hasta el ahogo. Y besarlo. Otra vez mirar a la vieja como se levanta con esfuerzo, agarrándose de una silla y se encamina hacia el horno donde esperan, tibias, unas milanesas. Y aprovechar ese instante para frenarla. Para que se de vuelta. Para decirle, mientras mira con ojos todavía incomprensivos, -Sabés qué, vieja? Yo nunca se lo dije a Lucía... pero a mí me hace re-feliz que ella haya decidido tener a Leonel-.





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1 comentario:

Andrea Gracia. dijo...

la verdad, me conmovió !!! me quede con algo en el pecho que no puedo describir, gracias x esta historia !!! un abrazo peronista !!!