lunes, 11 de mayo de 2009

Juanjo


Esta historia me la contaron en un fogoncito en la plaza Vera Peñaloza ayer.

Juanjo tiene 24. Vive en el conurbano, en un barrio sencillo de casas bajas y olor a mediodía. Cerca de la fábrica, que desde hace muchos años señala el pulso de las crisis y las bonanzas del país, Juanjo creció y vio crecer a sus hermanos. Varios. Todos más chicos que él. A su viejo no lo ve hace tiempo, pero sabe que tiene un par de medio-hermanos más al norte, cerca de Escobar.

Como la mayoría de los pibes del barrio, morochos-de-pelo-negro-nadie-te-va-a-regalar-nunca-nada mínimo factor común, tuvo dificultades en el secundario. No era que le costara, como dice él. Más bien era falta de tiempo, falta de concentración. En esa época justo estaba pasando lo de la ida del viejo de la casa y la vieja quedó sola con varias bocas para alimentar. Ni sabe cómo, pero solito se dio cuenta que podía ayudar y se consiguió conchabo en un reparto de leña y carbón. Andaba todo el día lleno de esa carbonilla negra que, al final de la jornada, tenía que enjabonar con ganas para que saliera. Por suerte el laburo estaba cerca y no tenía que tomar un colectivo porque era seguro que a la vuelta, no lo hubiesen dejado subir.

Hace un tiempo vino la baja y le dijeron que no lo necesitaban más, que con la gente que tenían se arreglaban. Ahí hubo un tironeo medio raro por una indemnización y era evidente que a él no le iban a dar un mango. Por suerte tiene un amigo agente en una comisaría de la zona. No de la jurisdicción, más alejada, pero uno de esos días, el amigo y un compañero agente cayeron por el depósito para hablar con el patrón.

Fue una charla amigable. Al otro día lo estaban llamando a Juanjo desde el depósito para avisarle que tenía un cheque. Con esa guita, no mucha, hizo algunas cositas. La más importante fue comprarse una hidro-lavadora de las buenas, de las industriales, y detergentes varios. Se le ocurrió instalarse un lavaderito de autos en el garaje de la casa, que desde que el viejo partió sólo junta trastos viejos.

Todo así, muy informal, desde entonces la viene pechando. Arranca tempranito cuando empiezan a llegar los autos de los empleados a la fábrica. Uno de aquellos primeros días llenos de proyectos e incertidumbre se fue a la portería y le contó a la guardia, con sus pocas palabras y su hablar para adentro, en qué andaba y que si podían recomendarlo para lavar autos de los empleados, no iba a tener palabras para agradecer. Porque la vieja lo sacó bien educadito: saludar, agradecer, por favor, siempre.

Los guardias de portería ya le tienen aprecio. Él llega todas las mañanas y ellos ya le tienen las llaves y la lista de patentes de los autos que tiene para lavar. A veces comparten un par de mates. 12 pesitos por el lavado común y 14 por uno con “cera rosada”, un producto que le vende el mismo tipo que le empezó a ofrecer desodorantes para interiores y un montón de chucherías que él, que nunca tuvo auto, jamás se imagino que le iban a pedir. Al Siena de uno de los guardias se lo lava gratis.

Fue aprendiendo. Al principio tuvo algunas quejas y tardaba mucho con cada auto. Las 4x4 ni te cuento.

Ahora no da abasto. Encima se fue a un taller de chapa y pintura de la zona y les ofreció el servicio para los autos recién terminados. Tres o cuatro veces por semana le caen los empleados del chapista con unos “botes” en los que Juanjo jamás pensó que iba a apoyar un pie.

Lo que da por seguro es que es un laburo en el que no puede confiar mucho tiempo. Por eso habló con un par de empleados de la fábrica que lo tratan bien y parecen buena gente; y les preguntó si estaban tomando personal. Lo de siempre, que yo te aviso, que dejame un teléfono, ninguno aseguró nada. Pero el otro día tuvo una sorpresa. Estaba lavando un Bora y le avisa la vieja que lo llamaban por teléfono. “De la planta”, le dice ella, gritando con la voz apagada, para que no la escuchen del otro lado del teléfono. “Dale! Apurate!”. Agarró el tubo nervioso y una mujer, muy atenta, le preguntaba si mañana por la mañana se podía presentar en la planta, por la entrada de la calle Rocha y preguntar por ella, Soledad dijo que se llamaba. Seguro, dijo él. Saludó y cortó.

Salió al garaje a seguir con el Bora y la madre atrás haciéndole preguntas. “Pará… vieja, no es nada seguro, no te pongas pesada…” Mientras tanto su cabeza carburaba a mil lo que no podía olvidarse de decir al día siguiente: la secundaria en el nocturno porque la quiere terminar sí o sí, el curso de computación terminado en el instituto de la avenida, que siempre soñó con trabajar en la planta y saber si hay posibilidades de un horario que le deje el jueves a la mañana libre… es el día que va a la iglesia evangélica desde hace 11 años.

En eso estaba, mojándose las puntas de las botas, cuando pasaron los pibes que se suelen juntar en la esquina de la canchita a fumar cosas y ver pasar el mundo. El fue compañero de escuela de algunos de ellos. Siempre que lo ven laburando lo cargan. “Ey! Cuando habilitás?” le gritan con sorna. El vive esas cargadas lleno de dudas. La vida hasta ahora no devolvió ni una pared de todas las que él le tiro: será que tienen razón los pibes y hay que dedicarse a vivirla en lugar de estar acá, yugando? Unos minutos de laburo, de pasar esa esponja que exuda espuma a borbotones y son los números los que le dan la razón. Dos. Ya fue a dos velorios de compañeros de primaria que entraron en esa...

6 comentarios:

Laura dijo...

Da como vergüenza decir algo...Me quedé muda. Un abrazo

Ana C. dijo...

Una historia como un rayo de sol.

¿Cómo huele el mediodía?

El viejo vizcacha dijo...

Es muy bueno, una maravilla.

Contradicto de San Telmo dijo...

Laura: gracias.
Ana C.: probablemente el olor a mediodía de Bruselas sea distinto del que impera en el segundo cordón del GBA. Olor a mediodía es pararse en cualquier esquina de Trujui, de Villa Palito, de Casanova, de 9 de Abril, y quedarse un ratito esperando a que, mientras los chicos van y vienen de la escuela, los carretones vuleven de la changa y el vecino todavía pelea con la camioneta que esa mañana no arrancó, el olor a guiso te vaya entrando por la nariz. Pero también hay narices que no pescan nada, eh? Saludo desde ahí. Gracias.
Vizcacha: gracias.

El Canilla dijo...

Sé lo que es, flaco. Yo realmente les vendo la cera a varios de esos Juanjos por el conurbano.Abrazo

Sirinivasa dijo...

La puta que vale la pena este blog!