
Me contó un compañero ocasional que en el barrio de Caballito, más precisamente en la calle Alberdi, hay un pelotero. Un pelotero equipado con todas las cosas habituales a un establecimiento de este tipo. Sin embargo, no es igual a los otros. Cuenta con cama elástica, paredes de redes, lechos de pelotitas de colores, pero no es igual a los demás por el tipo de público que admite. Es un pelotero para adultos.
Allí se reúnen muchachones fornidos y chicas bien alimentadas a jugar entre las pelotitas y tirarse por el tobogán.
Pensé entonces en estos señores y señoras de posición económica holgada, cuando no acomodada, que gastan sus pesitos en este comercio.
Me los imaginé remisos a pagar impuestos, más o menos como casi todo el mundo.
Y se me ocurrió: qué fácil sería redistribuir el ingreso si el Estado pudiera conservar para sí el monopolio de las pelotudeces.
Foto de La Nación
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